De la amistad y la tercerización

Hace poco nos divertíamos con Ram criticando a la humanidad por su obsesión de ahorrar tiempo en las tareas y enseguida poner otras tareas en el tiempo ahorrado.

Filosofamos un poco, nos reímos a costa de la humanidad (confieso que lo hicimos, lo siento querida humanidad, pero es que a veces algunos de tus representantes no colaboran) y obtuvimos unas conclusiones propias de Ram.

Pero el tema me quedó rondando en la cabeza, porque de acuerdo con mis cuentas, con la automatización de mis tareas, habría ahorrado el tiempo suficiente para unos 3 o 4 cafés reales por semana con los buenos amigos, lo que nos daría -si la calculadora de la computadora no falla- no menos de 156 cafés al año.

Y consultando mi memoria veo que tuvimos… ninguno.

Pero no es grave, ¿verdad? Porque hemos dado diligentemente los respectivos likes a las publicaciones, hemos sabido dejar los comentarios apropiados y no se nos ha pasado un cumpleaños sin dejar el saludo correspondiente en su muro, o en los dos si tienen dos redes sociales… o tres si además forman parte de un grupo de WhatsApp o…, bueno, ustedes entienden el punto.

Y me he encontrado con la emoción de escuchar la voz de alguno de ellos contándome su vida durante ocho minutos a través de un mensaje de voz en WhatsApp, que escuché a velocidad 2X porque tenía el apuro de llegar a un lugar que ni siquiera recuerdo… porque resultó que no era importante. Al menos no más que mi amigo.

Qué triste me resulta aceptar que tercericé el abrazo, automaticé el cariño y sucumbí al sistema superoptimizado que nos ahorra el inconveniente de mirarnos a los ojos o de aguantar ese silencio cómodo que queda después de unas buenas risas.

Quizás me duela lo suficiente esta revelación para que la próxima vez que el calendario me recuerde que es hora de “mantener” una amistad, en lugar de dejar un mensaje en su muro, cierre la app, llame al amigo y le diga: «Déjate de tonterías, la calculadora dice que me debes un café».

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